Dicen

Dicen que el amor se siente en el corazón. No es cierto.

Yo lo siento en mis manos. Cuando cada noche te recuesto sobre mí y un hormigueo me recorre el brazo hasta la punta de los dedos, sumiéndolo en un sueño incómodo. Pero aguanto un poco más. No quiero despertarte, sólo seguir disfrutando de tu respiración sobre mi pecho. Sentirte viva a mi lado. Besarte en silencio.

Lo siento en mi cabeza. Cuando cada mañana abandono nuestra cama, me disfrazo con traje y corbata y salgo ahí afuera. Cuando, al cerrar la puerta tras de mí y enfrentarme al frío del invierno, lo único que me congela es tu nombre sepultando bajo la nieve mi cerebro. Imaginándote tumbada, a escasos metros por encima de mi cuerpo. Y sí, siento envidia del sol. Es él quien te acaricia ahora que yo no estoy.

Lo siento también en mi estómago. Cuando cojo el tren de vuelta a casa y, a cada kilómetro que recorto, una nueva mariposa aletea en mi interior, desprendiendo su imparable efecto dentro de mi abdomen. Cuando el vagón se abarrota de gente con mirada perdida, maletines aburridos y elegantes tacones que pisan en falso. Viajeros pensativos, preocupados por qué harán de cenar, la reunión del día siguiente o si cerraron con llave la puerta de casa. Sonrío. Yo también pienso en algo. Volver a verte.

Lo siento en mis ojos. Cuando te miran y no pueden contener las lágrimas. Como cuando te sientes absorbido por la inmensidad de un paisaje y tu cuerpo tiembla, empañando tu mirada. Sintiéndote pequeño junto a algo tan grande, tan verdadero. En mi boca, cuando mis labios me escuecen si estás lejos de mí. En mi nariz, si le falta tu perfume en la almohada. O en mis oídos, los días que no oyen tu voz.

Lo siento en mi alma. Porque se completa con la tuya. Y en mi garganta, porque le queman los te quiero que reprime cuando no estás para escucharlos.

Dicen que el amor se siente en el corazón. No es cierto.

Tú me has enseñado que el amor se siente en todo el cuerpo.

Esa naricilla roja

Los acordes suenan en el piano. Lentos, marcando las pausas. Igual que nuestros besos. El vaso vacío sobre la mesa se va llenando de lágrimas. Fuera, la luna se asoma al balcón, creo que quiere escuchar la melodía. Cumplo su deseo y mis manos vuelan por las teclas regalándonos una última canción. Estoy sentado, concentrado en el blanco y el negro, en mis dedos y en tu imagen que se dibuja a mi lado con cada nota. Mientras, mi cabeza regresa a aquella habitación de hotel.

Hace frío. Los copos de nieve nos envuelven en la acera de una ciudad desconocida y lo único en lo que puedo pensar es en lo realmente preciosa que estás con tu gorro de lana y esa naricilla roja. Tienes los labios fríos pero no tardo en calentarlos con los míos.

La calle está vacía. La gente le tiene miedo al invierno. Pero yo no. Yo vivo abrazado al verano. Los coches iluminan la carretera con sus luces durante unos segundos y desaparecen para dejarnos solos de nuevo. Tu aliento empaña mi mirada, y así, nariz con nariz, me quito los zapatos y buceo en tus ojos. Descubro un océano repleto de mareas, de cornisas, de sal y arrecifes. Y salto.

Salto y caemos sobre el colchón. El corazón nos late, nervioso. Ambos tenemos miedo, pero lo que sentimos es mucho más fuerte que cualquier fantasma. Despacio, sujeto tu gorro de lana y lo desplazo hacia atrás. Desenrollo la bufanda y te quito los guantes. Te miro y tragamos saliva. Mi boca se acerca a la tuya y juego con tu piel. Fuera ya no hay coches. Nos regalan el silencio. Y entonces, como si hubiéramos firmado un tratado de guerra sobre esa cama, te desabrocho la camisa, me quitas el jersey, te bajo la falda, me quitas los pantalones, mezclamos nuestros suspiros. Sujeto tu cuerpo contra el mío y lo levanto sobre el colchón. Estamos de rodillas, uno frente al otro. Sujetando el último vestigio del escudo que nos protege de salir heridos. Me río y te ríes.

No queremos protección.

Paseo mis manos por tu espalda y desabrocho tu sujetador. En cuestión de segundos el suelo se divierte con nuestra ropa interior.

Fuera sigue nevando. Siento tu piel de gallina y te abrigo con mi cuerpo. Te abrigo durante horas. Y cuando el baile de nuestros sentidos termina, caemos sobre el fondo blanco. Ruborizados, alterados. Enamorados. Sabemos que no hay vuelta atrás. Ni la queremos.

Me inclino sobre ti y te rodeo con mi brazo. Las horas pasan y, entre caricias, te quedas dormida. Mis párpados pesan pero me resisto a abandonarme al sueño. No quiero perderme ni un segundo del paisaje que tengo a mi lado. Y una música suena en mi cabeza…

…y la luna la baila desde el balcón. El vaso medio lleno se estremece con cada golpe de tecla. Miro hacia mi derecha. El asiento sigue vacío. La melodía solo te ha dibujado en mi cabeza. Perfecta. Y yo sigo tocando.

No quiero perder de vista esa naricilla roja.