Esa naricilla roja

Los acordes suenan en el piano. Lentos, marcando las pausas. Igual que nuestros besos. El vaso vacío sobre la mesa se va llenando de lágrimas. Fuera, la luna se asoma al balcón, creo que quiere escuchar la melodía. Cumplo su deseo y mis manos vuelan por las teclas regalándonos una última canción. Estoy sentado, concentrado en el blanco y el negro, en mis dedos y en tu imagen que se dibuja a mi lado con cada nota. Mientras, mi cabeza regresa a aquella habitación de hotel.

Hace frío. Los copos de nieve nos envuelven en la acera de una ciudad desconocida y lo único en lo que puedo pensar es en lo realmente preciosa que estás con tu gorro de lana y esa naricilla roja. Tienes los labios fríos pero no tardo en calentarlos con los míos.

La calle está vacía. La gente le tiene miedo al invierno. Pero yo no. Yo vivo abrazado al verano. Los coches iluminan la carretera con sus luces durante unos segundos y desaparecen para dejarnos solos de nuevo. Tu aliento empaña mi mirada, y así, nariz con nariz, me quito los zapatos y buceo en tus ojos. Descubro un océano repleto de mareas, de cornisas, de sal y arrecifes. Y salto.

Salto y caemos sobre el colchón. El corazón nos late, nervioso. Ambos tenemos miedo, pero lo que sentimos es mucho más fuerte que cualquier fantasma. Despacio, sujeto tu gorro de lana y lo desplazo hacia atrás. Desenrollo la bufanda y te quito los guantes. Te miro y tragamos saliva. Mi boca se acerca a la tuya y juego con tu piel. Fuera ya no hay coches. Nos regalan el silencio. Y entonces, como si hubiéramos firmado un tratado de guerra sobre esa cama, te desabrocho la camisa, me quitas el jersey, te bajo la falda, me quitas los pantalones, mezclamos nuestros suspiros. Sujeto tu cuerpo contra el mío y lo levanto sobre el colchón. Estamos de rodillas, uno frente al otro. Sujetando el último vestigio del escudo que nos protege de salir heridos. Me río y te ríes.

No queremos protección.

Paseo mis manos por tu espalda y desabrocho tu sujetador. En cuestión de segundos el suelo se divierte con nuestra ropa interior.

Fuera sigue nevando. Siento tu piel de gallina y te abrigo con mi cuerpo. Te abrigo durante horas. Y cuando el baile de nuestros sentidos termina, caemos sobre el fondo blanco. Ruborizados, alterados. Enamorados. Sabemos que no hay vuelta atrás. Ni la queremos.

Me inclino sobre ti y te rodeo con mi brazo. Las horas pasan y, entre caricias, te quedas dormida. Mis párpados pesan pero me resisto a abandonarme al sueño. No quiero perderme ni un segundo del paisaje que tengo a mi lado. Y una música suena en mi cabeza…

…y la luna la baila desde el balcón. El vaso medio lleno se estremece con cada golpe de tecla. Miro hacia mi derecha. El asiento sigue vacío. La melodía solo te ha dibujado en mi cabeza. Perfecta. Y yo sigo tocando.

No quiero perder de vista esa naricilla roja.

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10 comentarios en “Esa naricilla roja

    1. Cuánta razón en esa frase de Eugene Ware. Atreverse a comenzar algo es ya de por sí un triunfo, y más en los tiempos que corren. Espero que así sea, Andrea, y que detrás de esa naricilla roja vengan muchos más textos, reflexiones, microcuentos o lo que nazca de mí. Un beso enorme! 🙂

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  1. Te comento por aquí.

    Me alegra que abras nuevas puertas, nuevos caminos. La escritura ya no se reduce a las cinco letras de la palabra ‘folio’ y eso es maravilloso. Lo sé desde hace un tiempo, pero desde que en algún lugar de Brooklyn encontré mi corazón fue cuando empecé a llevarlo a cabo.

    Vivimos nuevos tiempos; difíciles para soñadores y artistas, para los ‘muertos de hambre’, dicen algunos. Yo no les creo. Tienes la oportunidad en tus manos de seguir escribiendo, de seguir contando, de seguir creando. Hay gente que lo lee, hay gente incluso que lo necesita. Hay historias que nos escriben a nosotros porque antes ya las escribieron otros. Habrá lágrimas y sonrisas que sean esbozadas por las palabras que albergue tu blog. Tú bien lo sabes. Hay escritos que nos transportan, hay veces que uno necesita leerlo en boca de otra persona para encontrar la respuesta, o para continuar inquiriendo con preguntas. Para pasar página y volver a la vida. Otras, simplemente, es necesario dejar que las palabras fluyan a su gusto desde el golpear de la yema de los dedos hasta el roce con el teclado y toda su maravilla.

    Bienvenido a este espacio sin sustancia física, compañero y tocayo.

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    1. Gracias, Fer. Sentía que ahora era el momento de dar un paso más y así lo hice. Cuando nació este texto pensé que sería una buena ocasión para comenzar un blog y aquí está mi octavo pecado capital. La escritura, cuando es necesidad, no tiene límites y va mucho más allá de un folio.

      Muertos de hambre con ansias de palabra. No creo que haya mejor título que ese para una persona. Así que no me preocupa. Las letras llegan cuando nacen desde dentro y la gente se nutre de ellas. Creo que por eso hay personas que, como tú dices, necesitan de blogs, libros o cualquier otra plataforma donde formar parte de los escritos de alguien. Es bonito. Y me hace ilusión participar mínimamente en ello.

      Gracias por esta bienvenida tan cálida.

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  2. Por cierto, qué bonito ese guiño -sin querer o queriendo- de esa imagen que acompaña tu texto a uno de mis lugares elegidos de la Tierra para sentirse más humano, para respirar más tranquilo, para coger fuerza, o para sentirse perdido. Una vez perdido, todo solucionado: se pertenece a este mundo. 😉

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