Lo que no te perdono.

Querido mundo:

Hace tiempo que quería escribirte y la verdad es que no sé muy bien por dónde empezar. Sé que quizá para ti yo sea insignificante, pero no puedo esperar más para decirte que no te perdono.

Te he perdonado guerras. A pesar de las vidas que has robado, de los misiles y las balas que has derrochado sólo por colgarte una medalla, de las familias que has abandonado a la suerte de un cañonazo. Y aún así, te lo he perdonado.

Te he perdonado la pobreza. A pesar de las tormentas en los estómagos de los más desfavorecidos, de los brazos o alambres (a veces los confundo) de pequeños inocentes que ni siquiera se atreven a mirarte a la cara para que no les arrebates el poco brillo que les queda en los ojos. Y aún así, te lo he perdonado.

Te he perdonado terremotos, erupciones e inundaciones. Fraudes, el calentamiento global y el racismo. Te he perdonado la concentración del poder en manos privilegiadas e ignorantes (lo cortés no quita lo valiente, ¿sabes?), la drogodependencia y la anorexia. La desigualdad, la discriminación, la política, las discapacidades, la mendicidad, la prostitución y la delincuencia. La mentira y la infidelidad. La enfermedad y la muerte.

Te he perdonado una lista infinita de errores en tan solo veintitrés años, lo cual supone apenas un segundo en tu interminable vida. Nunca me gustó dar consejos, y menos a alguien que me saca tantos años (no de experiencia, porque veo que no es así, pero sí de edad); sin embargo, si fuera tú me plantearía qué estoy haciendo mal.

Y hoy ya me he cansado de buscar razones cada vez más absurdas para excusar tus errores. Hasta ahora lo he hecho porque soy el primero que hace las cosas mal. Porque errar es de humanos. Y tú, mundo, también lo eres. En cambio, el miedo que me has hecho sentir a mí y a muchos, durante tantos y tantos años, no te lo perdono.

Sí, hablo del miedo a que dos personas nos demos la vuelta y comprobemos lo que ya sabíamos. Que nuestras sombras se están abrazando a pesar de empeñarnos en darnos la espalda. Una espalda que es del mismo sexo. Miedo a ser iguales. A amarnos y ser tratados como extraños por los demás. Miedo porque tú te llamas Javier y yo me llamo Manuel.

Y eso, lo siento, pero no te lo perdono. Porque hacer sentir miedo a alguien por lo único que realmente vale la pena entre tanta desolación, problemas y preocupaciones. Entre tantos y tantos errores que te he dejado pasar a costa de otras vidas. El miedo por lo único que nos queda para continuar caminando descalzos sobre tu cuerpo lleno de cristales, para soportar tus jodidos embates. Eso…eso no tiene ninguna justificación. Porque “amor” se escribe con las mismas letras para hombres y mujeres, iguales o diferentes. Y tú, mundo, no podrás acabar con ello.

Atentamente,

Manuel (y Javier).

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3 comentarios en “Lo que no te perdono.

  1. Increible lo que haces sentir con tus palabras.
    No dejes que nada te pare, que el miedo solo sirva para hacernos superar las adversidades.
    Gracias por escribir cosas como estas y hacernos ver que no estamos solos en el mundo! Un besazo!

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  2. “Porque “amor” se escribe con las mismas letras para hombres y mujeres, iguales o diferentes.”

    Me quedé con esta frase, es la esencia de este texto, la esencia de la desigualdad 🙂

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