La segunda parte de tu ausencia.

Segundas partes nunca fueron buenas.

Y una vez más, el mundo se equivoca.

La segunda parte de una mirada es una caricia.

La segunda parte de una caricia es un beso.

Y la segunda parte de un beso es tu cuerpo junto al mío.

Me levanto y cierro la ventana. La impertinencia se mide en escalofríos. Y el viento es el más descarado de los elementos. ¿Cómo se atreve a contrariarme? Ya sé que no hay ningún cuerpo junto al mío, que me quedé en la primera parte del beso, pero tampoco le he pedido su opinión.

Vuelvo a sentarme en la cama. Encojo las piernas y me abrigo. Los calcetines hasta las rodillas no son suficientes. El invierno ya ha vuelto a darme la bofetada. Y tengo la cara marcada de dedos. Joder, cuánto te odio.

Pero se acabó. Pienso ganar esta guerra. Y me importa muy poco si vas a quedarte a verlo.

Cierro los ojos. Casi sin darme cuenta, el viento frío se convierte en una brisa cálida. Después lo huelo. Ese olor a sal colándose por mi nariz, juntándose con las lágrimas que guardo en la recámara, llenándome por dentro, curando heridas.

Escuece. Justo cuando la ola rompe en mi corazón, con fuerza. Sin miedo. No se puede destrozar lo que ya ha estallado en pedazos. Lanzo un quejido pero no abro los ojos. Aguanto e inspiro el aroma del mar.

Después llega el sonido. La marea ha subido dentro de mí. Y me ahoga. Pero lo hace con tanta calma que me dejo hundir. Mi estómago flota alimentándose del plancton igual que tú lo hacías de mí, mi hígado filtra la basura que tú mismo dejaste caer al agua y mis pulmones aguantan la respiración porque hace tiempo que dejaron de aguantarte a ti. Mírame. Soy un mar. Ese que tanto te gustaba.

A medida que el sol calienta mi piel, el edredón comienza a molestar. Lo aparto. Ya no pesa. Y junto a él lo acompaña mi camiseta, mis pantalones, el gorro, mis calcetines. Y me quedo desnudo en esta playa. Mi playa. Mi arena y mi sal. Mi mar y mi orilla.

Y ahí estoy. Sí, puedo verme. Una figura que camina por esa orilla. Me giro y vuelve a escocer. Esta vez no ha sido ninguna ola. Los culpables son los pies dibujados a mi paso sobre la arena, me muestran un pulgar más corto que el resto de los dedos. Es tu pie. Podría reconocerlo en cualquier rincón del universo.

Camino y voy dejando más huellas. Creo que son las que tú dejaste en mí. Ahora me estoy desprendiendo de ellas.

Sí, tiene que ser eso. A cada paso que doy, el pulgar va alargándose. Cuando llego al final de la playa, mi pie casa perfectamente con la última huella. Y entonces vuelve la ola. Esta vez nace en mi corazón e irrumpe con fuerza sobre la orilla, llevándose todas las huellas con el pulgar más corto que el resto de los dedos.

Al final sólo queda la mía.

Abro los ojos. Miro a mi alrededor. Fuera sigue siendo invierno. Fuera, el viento sigue siendo el más descarado de los elementos. Pero por más descarado que llegue a ser, tiene prohibido el paso a mi playa.

Dicen que segundas partes nunca fueron buenas. Sigo convencido de que el mundo se equivoca.

La segunda parte de una mirada es una caricia.

La segunda parte de una caricia es un beso.

La segunda parte de un beso es tu cuerpo junto al mío.

La segunda parte de tu cuerpo junto al mío es tu ausencia.

Y la segunda parte de tu ausencia, soy yo.

Créeme, hay segundas partes que superan a la primera.

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A 5.753,97 kilómetros de ti.

No me equivoqué al venir.

Tampoco al presentarme en la taquilla y pedir únicamente un billete. Uno en lugar de dos.

No voy a mentir. Pasé todo el trayecto pensando en ti. ¿Y sabes lo que más me duele? Que de repente pensar en ti también implique acordarme de él. No soporto que se cuele en mis recuerdos sin que nadie le haya dado permiso. Nadie más que tú.

Y durante las más de siete horas que dura el vuelo me pregunto si ya lo sabe. Dime. ¿Ya sabe que no te gusta meterte en la cama sin antes haber comprobado que la costura de la almohada queda hacia abajo? ¿Que tomas dos cucharadas y media de café para desayunar? ¿Que tienes cosquillas justo debajo del dedo meñique del pie? ¿Que te gusta dormir con la luz de la mesilla encendida? ¿Que prefieres echarte la siesta en el sofá con la nariz cubierta bajo la manta incluso en verano? ¿Sabe ya todas esas cosas? ¿Todos esos detalles “insignificantes” que te hacían especial? Perdón, te hacen. A veces confundo tu ausencia con tu existencia.

¿Sabe que por más que lo intente jamás va a lograr amarte como lo hice yo?

Y lo más importante, ¿lo sabes tú?

Pero eso ahora ya no importa. He aterrizado en la ciudad. A 5.753,97 kilómetros de ti. De vosotros.

Es tarde, pero Nueva York no duerme. Me recibe entre luces, rascacielos, carteles inmensos, música, coches y gente. Por un instante tengo miedo. Ese miedo al que sucumbe el ser humano ante cambios importantes. Y este lo es. Cambio nuestra vida por la mía. Igual que tú cambiaste la nuestra por la suya.

Pero, ¿sabes? Me prometí una cosa. Más allá del océano no existirías. Te he regalado mis últimos pensamientos durante todo el trayecto pero tú te quedas en el avión. Lo siento.

Y ahora estoy aquí. En Times Square. Solo. No lloro por ello. Todo lo contrario. Estoy donde y como quería.

Atravieso las calles como puedo. Esquivando personas con el rostro congelado pero con tantas ganas de vivir que ni siquiera sienten el frío en sus manos. Yo tampoco quiero sentirlo. Quizá por eso me quito los guantes y dejo que la nieve choque contra mi piel. Me hace sentir vivo de nuevo.

Nadie me juzga. Nadie me mira como si estuviera loco. Aquí los raros son los cuerdos. Y esa es la verdadera felicidad.

Encuentro una escalera de incendios vacía. Es igual que las que se ven en las películas. Esas por las que siempre se escabulle el malo tras ser perseguido por la policía. Sonrío y me siento en ella.

Cojo la mochila y saco el único equipaje que he traído. Lo único que me hace falta para sobrevivir aquí.

Un cuaderno.

Lo abro entre mis piernas y observo durante unos instantes el último mensaje escrito en él:

“Contaba estrellas por no contar los días que llevaba sin verla”.

Lo prometí. Aquí no tienes cabida. Agarro esa hoja con firmeza y regalo a la noche neoyorquina el sonido del papel rasgado. Un sonido que no volveré a escuchar, ni fuera ni dentro de mí.

El viento hace el resto. Y yo… yo me quedo observando cómo te marchas para hacerme hueco a mí.

Nuestro último baile.

El color morado es tu favorito. Lo recuerdo muy bien.

Por esa razón mi pajarita de esta noche hace honor a tus preferencias. Sólo mi pajarita, o eso creía yo.

Al mirarme al espejo veo que está ladeada. Como nosotros. Aunque esta vez tiene fácil arreglo. Basta con sujetar suavemente un lado y alzarlo hasta que quede a la altura del otro. Una altura que tú y yo no hemos logrado equilibrar.

Sonrío y lanzo un suspiro aliviado por la sencillez del problema. Qué irónico.

La música se cuela por la puerta del servicio. Las risas, los violines, las copas del resto de invitados entrechocando en un brindis, los bailes improvisados de pies y sonrisas. La noche.

Va siendo hora de caminar despacio y dejarse alcanzar por la realidad.

Abro la puerta y me recibe esa noche. Una noche sin ti, pero conmigo. Hacía tiempo que no disfrutaba de ellas. Tú hiciste que se me olvidasen. Pero ahora estoy aquí, de pie entre docenas de personas que se mueven al ritmo de una melodía lenta, perfecta para bailar abrazados.

Y eso hago, me abrazo y disfruto del momento. Me deslizo entre la gente, me perdono y te olvido. Y entonces suena nuestra canción: Heart of Gold, de Birdy.

A la vida le gusta jugar a eso, ¿sabes? Disfruta poniéndonos a prueba, devolviéndonos los golpes en nuestros puntos débiles justo en el momento en que comenzamos a convertirlos en fuertes.

Y aquí estás otra vez. Abriéndome los brazos para hacerte hueco. Agarrándote a mi cintura, apoyando tu cabeza sobre mi hombro. Aspiro y puedo sentir el olor de tu pelo internándose en mi cuerpo.

And I want to be free

when my heart is made from gold

and forgiveness seems too bold

as to find it in my heart.

Las voces se callan a nuestra alrededor. Las siluetas desaparecen y las luces nos rodean. Pequeñas bombillas sobre nuestras cabezas que arrancan un brillo inesperado a mi pajarita. A mí. Y el morado nos envuelve. Nos dejamos envolver.

No quiero abrir los ojos. Sé que si lo hago no estarás. Y quiero seguir disfrutando de tu aroma hasta que termine este baile.

When my heart is made from gold

And the hunt is just too bold

As to find it in my heart

To say “I love you”.

Así, entre acordes, lágrimas y caricias, llegamos al final de la canción. Tengo que despedirme de ti. Después de esta noche quiero que te vayas para siempre. Aspiro una última vez y paso mi mano por tu mejilla. Está fría. Igual de fría que todos los recuerdos.

Y Birdy nos regala una última estrofa.

‘Cause it’s so unfair that you can’t see that you’re so wrong

We’re still so young.

Aprieto los ojos antes de abrirlos. Las voces regresan acompañando a esas siluetas que hace unos minutos nos permitieron estar a solas. Y la noche, esa noche, vuelve a agarrarme la mano.

Levanto la cabeza, no quiero derramar más lágrimas, y entonces me doy cuenta. El techo de la carpa es morado. No lloro. No pienso. No me lamento más.

Simplemente saco el móvil, lo levanto y saco una fotografía de ese cielo morado cubierto de pequeñas bombillas bajo el que momentos antes estuvimos bailando.

Ha sido un placer compartir este baile contigo.

Ahora, si me disculpas, yo también quiero bailar conmigo.

 

A.

A. Una letra. Una inicial. Un mundo.

El recuerdo de una historia con un principio y un final. Un final que yo habría escrito de otra manera. Sin embargo, esta vez no fui yo el escritor, sino tú. Y, aunque entusiasmado por leer tu libro, confieso que no esperaba que acabase con aquel punto y final. Creí que teníamos vetados los signos de puntuación.

Igual que creí en nosotros durante dos años y tres meses. 2 y 3. 23. Nuestro número. Incluso en eso eres mágico.

Pasa el tiempo, pero tú no te vas con él. A veces lo acompañas y pienso que por fin podré avanzar, dar ese paso que me lleve a la siguiente letra del abecedario. Pero de repente, se levanta el viento y te trae de nuevo de vuelta, con más fuerza si cabe. Revolviendo todos los papeles que había conseguido poner en orden.

Ahora se acerca un huracán y dejo de creer.

No creo que no eches de menos esos abrazos en la cama, despertarte en mitad de la noche con la protección de mis brazos. Jugar con nuestros pies bajo las sábanas o acostarme encima de ti porque el colchón se me antojaba frío.

No creo que no eches de menos nuestros besos de despedida frente a tu portal, la música de nuestros dientes entrechocando en sonrisas, los “te quiero” que se colaban por la puerta del coche justo antes de cerrarse entre nosotros para abrirse de nuevo unas horas después.

De verdad que no creo que no eches de menos la ilusión que recorría tu cuerpo cada vez que te decía que estaba llegando, o el calor de verano bajo la manta mientras el resto disfrutaba del invierno.

O los paseos por Madrid en plena Navidad, escondiéndote bajo tu gorro, dejando a la vista tu nariz roja. Sí, esa que calentaba con mis labios mientras buscaba cuál sería tu próximo regalo, aunque tú pensases que buscaba ideas para pedirle algo a mis Reyes Magos.

Tampoco me creo que no eches de menos elegir la última fila de la sala para entretenernos con besos en las partes más absurdas de las películas. O comprar el tamaño más grande que hubiese de palomitas para poder llamarnos gordos durante el resto de la noche y tener una excusa para bajarlo después.

No creo que no eches de menos los desayunos a las doce del mediodía porque no conseguíamos abandonar antes nuestra fortaleza blanca. Ni las duchas de agua caliente mientras te frotaba el pelo o te llenaba de jabón cuando ya te habías aclarado. Ni los pellizcos improvisados cuando te lavabas los dientes y yo pasaba por detrás de ti. O los paseos por la playa en pleno enero, cuando se suponía que todo el mundo estaría disfrutando del calor de sus casas. Todos menos tú y yo.

De verdad, no me creo que no te acuerdes de todas esas cosas. Pero entonces, ¿por qué no vuelves? ¿Por qué no, en lugar de dejarte llevar por el viento, eres tú quien regresa por su propio pie? Yo sigo aquí. Sabes perfectamente dónde encontrarme.

Igual que sabes que, esta vez, estas palabras sí han sido escritas para ti.

Espero que no te moleste. Tenías que estar en el blog. Al fin y al cabo, tú eres mi octavo pecado capital.

Te echo de menos, A.