A.

A. Una letra. Una inicial. Un mundo.

El recuerdo de una historia con un principio y un final. Un final que yo habría escrito de otra manera. Sin embargo, esta vez no fui yo el escritor, sino tú. Y, aunque entusiasmado por leer tu libro, confieso que no esperaba que acabase con aquel punto y final. Creí que teníamos vetados los signos de puntuación.

Igual que creí en nosotros durante dos años y tres meses. 2 y 3. 23. Nuestro número. Incluso en eso eres mágico.

Pasa el tiempo, pero tú no te vas con él. A veces lo acompañas y pienso que por fin podré avanzar, dar ese paso que me lleve a la siguiente letra del abecedario. Pero de repente, se levanta el viento y te trae de nuevo de vuelta, con más fuerza si cabe. Revolviendo todos los papeles que había conseguido poner en orden.

Ahora se acerca un huracán y dejo de creer.

No creo que no eches de menos esos abrazos en la cama, despertarte en mitad de la noche con la protección de mis brazos. Jugar con nuestros pies bajo las sábanas o acostarme encima de ti porque el colchón se me antojaba frío.

No creo que no eches de menos nuestros besos de despedida frente a tu portal, la música de nuestros dientes entrechocando en sonrisas, los “te quiero” que se colaban por la puerta del coche justo antes de cerrarse entre nosotros para abrirse de nuevo unas horas después.

De verdad que no creo que no eches de menos la ilusión que recorría tu cuerpo cada vez que te decía que estaba llegando, o el calor de verano bajo la manta mientras el resto disfrutaba del invierno.

O los paseos por Madrid en plena Navidad, escondiéndote bajo tu gorro, dejando a la vista tu nariz roja. Sí, esa que calentaba con mis labios mientras buscaba cuál sería tu próximo regalo, aunque tú pensases que buscaba ideas para pedirle algo a mis Reyes Magos.

Tampoco me creo que no eches de menos elegir la última fila de la sala para entretenernos con besos en las partes más absurdas de las películas. O comprar el tamaño más grande que hubiese de palomitas para poder llamarnos gordos durante el resto de la noche y tener una excusa para bajarlo después.

No creo que no eches de menos los desayunos a las doce del mediodía porque no conseguíamos abandonar antes nuestra fortaleza blanca. Ni las duchas de agua caliente mientras te frotaba el pelo o te llenaba de jabón cuando ya te habías aclarado. Ni los pellizcos improvisados cuando te lavabas los dientes y yo pasaba por detrás de ti. O los paseos por la playa en pleno enero, cuando se suponía que todo el mundo estaría disfrutando del calor de sus casas. Todos menos tú y yo.

De verdad, no me creo que no te acuerdes de todas esas cosas. Pero entonces, ¿por qué no vuelves? ¿Por qué no, en lugar de dejarte llevar por el viento, eres tú quien regresa por su propio pie? Yo sigo aquí. Sabes perfectamente dónde encontrarme.

Igual que sabes que, esta vez, estas palabras sí han sido escritas para ti.

Espero que no te moleste. Tenías que estar en el blog. Al fin y al cabo, tú eres mi octavo pecado capital.

Te echo de menos, A.

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