A 5.753,97 kilómetros de ti.

No me equivoqué al venir.

Tampoco al presentarme en la taquilla y pedir únicamente un billete. Uno en lugar de dos.

No voy a mentir. Pasé todo el trayecto pensando en ti. ¿Y sabes lo que más me duele? Que de repente pensar en ti también implique acordarme de él. No soporto que se cuele en mis recuerdos sin que nadie le haya dado permiso. Nadie más que tú.

Y durante las más de siete horas que dura el vuelo me pregunto si ya lo sabe. Dime. ¿Ya sabe que no te gusta meterte en la cama sin antes haber comprobado que la costura de la almohada queda hacia abajo? ¿Que tomas dos cucharadas y media de café para desayunar? ¿Que tienes cosquillas justo debajo del dedo meñique del pie? ¿Que te gusta dormir con la luz de la mesilla encendida? ¿Que prefieres echarte la siesta en el sofá con la nariz cubierta bajo la manta incluso en verano? ¿Sabe ya todas esas cosas? ¿Todos esos detalles “insignificantes” que te hacían especial? Perdón, te hacen. A veces confundo tu ausencia con tu existencia.

¿Sabe que por más que lo intente jamás va a lograr amarte como lo hice yo?

Y lo más importante, ¿lo sabes tú?

Pero eso ahora ya no importa. He aterrizado en la ciudad. A 5.753,97 kilómetros de ti. De vosotros.

Es tarde, pero Nueva York no duerme. Me recibe entre luces, rascacielos, carteles inmensos, música, coches y gente. Por un instante tengo miedo. Ese miedo al que sucumbe el ser humano ante cambios importantes. Y este lo es. Cambio nuestra vida por la mía. Igual que tú cambiaste la nuestra por la suya.

Pero, ¿sabes? Me prometí una cosa. Más allá del océano no existirías. Te he regalado mis últimos pensamientos durante todo el trayecto pero tú te quedas en el avión. Lo siento.

Y ahora estoy aquí. En Times Square. Solo. No lloro por ello. Todo lo contrario. Estoy donde y como quería.

Atravieso las calles como puedo. Esquivando personas con el rostro congelado pero con tantas ganas de vivir que ni siquiera sienten el frío en sus manos. Yo tampoco quiero sentirlo. Quizá por eso me quito los guantes y dejo que la nieve choque contra mi piel. Me hace sentir vivo de nuevo.

Nadie me juzga. Nadie me mira como si estuviera loco. Aquí los raros son los cuerdos. Y esa es la verdadera felicidad.

Encuentro una escalera de incendios vacía. Es igual que las que se ven en las películas. Esas por las que siempre se escabulle el malo tras ser perseguido por la policía. Sonrío y me siento en ella.

Cojo la mochila y saco el único equipaje que he traído. Lo único que me hace falta para sobrevivir aquí.

Un cuaderno.

Lo abro entre mis piernas y observo durante unos instantes el último mensaje escrito en él:

“Contaba estrellas por no contar los días que llevaba sin verla”.

Lo prometí. Aquí no tienes cabida. Agarro esa hoja con firmeza y regalo a la noche neoyorquina el sonido del papel rasgado. Un sonido que no volveré a escuchar, ni fuera ni dentro de mí.

El viento hace el resto. Y yo… yo me quedo observando cómo te marchas para hacerme hueco a mí.

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