Un trozo de madera.

Vivo en un faro porque, hasta donde sé, es la única forma de que un barco que ha perdido el rumbo pueda encontrar el camino de vuelta a casa. Por muy oscuro que esté el camino. Por muy perdido que esté también el faro.

– ¿Qué?

Me pone nervioso que me mires tan fijamente. Parece que estudiaras cada línea de mi cara para plasmarla después a carboncillo sobre un papel arrugado. A veces esperaba que me preguntaras si tenía un lápiz 2B y yo no supiera responderte. ¿No son todos HB?

– Tus ojos.

– Mis ojos… ¿Qué les pasa a mis ojos?

– Tienen un color que jamás había visto.

Otra vez esa sonrisa. Por favor, deja de hacerlo. 

– Son marrones. No tienen nada de especial.

– Te equivocas. Son del color de la arena después de que una ola haya borrado las huellas del turista anterior.

Vivo en un faro porque, hasta donde sé, es de los pocos sitios en los que un turista no puede entrar a menos que su inquilino le abra la puerta. Perdona si le cuesta. Las bisagras están algo oxidadas y el pomo desgastado. En cuanto a la puerta, puedes pasar, la he dejado abierta.

– ¿Izquierda o derecha?

– Izquierda.

Abres la mano delante de mí y finges estar triste.

– Vaya…qué mala suerte. Bueno, el próximo día lo volvemos a intentar. 

– Derecha.

 No, no. Has dicho izquierda. Y es una lástima porque te iba a encantar…

Déjame volverlo a intentar.

¿De verdad te estoy suplicando algo?

Me miras. Haces como que te lo piensas pero los dos sabemos cuál es la respuesta.

– Está bien, sólo una vez más. Pero quiero algo a cambio.

– ¿Qué?

Te señalas los labios y pones pucheros. Yo me echo a reír. ¿Cómo puedes ser tan….tan? Y lo hago. Te doy ese algo a cambio.

– ¿Izquierda o derecha?

Derecha.

Sacas la mano, la abres…y también está vacía. 

¡Me has mentido! No hay nada.

– No lo he hecho. Nadie dijo que el premio estuviese en alguna de mis manos.

Vivo en un faro porque, hasta donde sé, no hay fuego donde poner por ti las manos. Que contigo ya me quemé los pies. No te preocupes por mí. Estaré bien. Aquí he encontrado una hoguera que no deja cenizas después. Sólo arena. Igual que la que metimos en un frasco de cristal convirtiéndola en tiempo. Y ese tiempo pasó y se llevó los recuerdos.

– ¿Qué?

– Tus ojos.

– Mis ojos… ¿qué les pasa a mis ojos?

– Nada, son marrones.

Y entonces te lanzo el lápiz 2B igual que tú has lanzado al aire nuestra vida. Si al menos hubiese caído de cara no habría tenido que aguantar tu cruz.

– Lárgate. No quiero saber nada más de ti.

Perfecto. 

Y abres las manos delante de mí. ¿Izquierda o derecha? Qué mas da, las dos están vacías. Y esta vez no hay premio más allá de ellas.

Te vas. Y desde la puerta veo cómo te marchas. Echo de menos esa sonrisa. Por favor, vuelve a hacerlo…

Vivo en un faro porque, hasta donde sé, el mar siempre trae de vuelta a los barcos perdidos. Y yo me conformo únicamente con ser el primero en recoger de la arena un trozo de madera.

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