A la de tres.

Ahí va. Voy a soltarlo.

Y voy a hacerlo como cuando suena el despertador por las mañanas, fuera hace frío -puede que incluso llueva- y tengo que bajarme de la cama para ir a trabajar: a la de tres.

Una, dos…

Estoy enamorado de la vida.

Ya está. Lo he dicho. Ahora llamadme loco y “tirad a dar” todo lo que encontréis al alcance de vuestra mano. Me da igual. Estoy enamorado de la vida y no puedo esperar al tercer número cardinal para expresarlo. Sí, antes os he mentido: por las mañanas cuento hasta el infinito y vuelvo a empezar.

Pero ella… ella es diferente. Fue la primera en verme llorar y, en ese momento, yo el último en llorar por ella. Sólo por eso se merece que le lleve el desayuno a la cama. Por cierto, nada de tostadas. Siempre dice que Murphy no vendrá a limpiar la mantequilla de la almohada.

Es curioso, pero no envejece. Y os aseguro que se pasa el día entero sonriendo. Pero nada, ni una única arruga. Dice que es por verme a mí, pero yo creo que está enamorada. A colación de ello, dejad que os explique algo:

Pleonasmo: Figura retórica que consiste en la adición de palabras que no son necesarias en una frase, pues su significado ya está explícita o implícitamente incluido en ella.

Entonces valga la redundancia. Bonita palabra, ¿no? De esas sobre las que se admite duda por cómo se pronuncian en realidad. ¿Redundancia o rebundancia? ¿Desternillarse o destornillarse de risa? ¿”Te quiero” o “me recuerdas a ella”? En esta última ni el word me marca la incorrecta en rojo y tú, en cambio, vives subrayada.

La vida es experta en construir castillos de algodón de azúcar sobre una base de piel de limón. En su recetario tiene escrito que lo dulce sabe mejor tras algo amargo. Y a nadie le amarga un dulce. Ni al dulce lo amarga nadie. Pero a mí se me conquista por el estómago y ella cocinó tan bien las mariposas que siguen volando después de haberles tocado las alas.

A fuego lento y con una pizca de sal a bailar conmigo. Y abrí también las mías para tocar con ella el cielo. Aunque ella siempre ha volado más alto que cualquiera. El problema es que aún no ha mirado hacia abajo para darse cuenta y cree que nunca se ha despegado del suelo. Pero, ¿sabéis una cosa? Yo la he visto pasando el pan a los ángeles.

Vale, sí, también tiene su lado malo. De hecho, la vida es experta en la muerte. Nadie mata como ella. Nadie quita el aliento como ella. Nadie paraliza el corazón como ella.

Nadie lo hace como ella. Nadie. Y esto no puedo contároslo por aquí -cuida su intimidad y yo la respeto- pero al acabar siempre me deja temblando sobre la cama. A veces de miedo. Otras de frío. Siempre de puro placer. Porque si es por ella, todas las lágrimas forman charcos de agua dulce donde volver a chapotear con un chubasquero amarillo para salpicar las paredes con fantasmas. Y es que los monstruos pierden su complejidad paralizante cuando se secan con tan sólo abrir la ventana.

Por todo ello, y muchas más razones que guardo en el cajón de su ropa interior, voy a repetirlo. Pero esta vez voy a decirlo bien. Al fin y al cabo, lo va a leer cuando cierre la puerta del restaurante y vuelva a casa.

Estoy enamorado de ti, vida.