PORTRAIT D’UN OUBLIÉ

Rénald, a sus ochenta y dos años, se consideraba el hombre más feliz y desdichado de París. Poco importaba el temblor de sus manos, pues gracias a ello la cucharilla del café martilleaba la porcelana dejando escapar una musiquilla que hacía que ella moviese los pies. Tampoco le molestaban sus arrugas en la frente, ella siempre las besaba sin importar el número de pliegues; ni la falta de memoria cada vez menos disfrazada de descuidos si así sentía el tacto de sus manos como si fuera la primera vez.

El acordeón deja escapar las notas de ese tipo de melodías que invita a soñar con el París más profundo mientras ella se termina su última cucharada de helado. Menta y chocolate. Al fondo, las cúpulas del Sacre Coeur rompen el atardecer del verano más caluroso de la ciudad. Un niño se acerca y ofrece al viejo Rénald una flor hecha con jirones de periódicos. El viejo sonríe y, con pulso incierto, posa sobre la mano de aquel niño de boina gris un billete de diez euros. El joven vendedor abre los ojos y echa a correr antes de que el viejo se arrepienta. Pero no lo hace. Ella se merece todos los periódicos de París convertidos en rosas.

Rénald le tiende la flor y disfruta mirándola mientras acerca su nariz al papel y pone cara de que huele al mejor perfume de la ciudad. Ignora que el mejor perfume brota de su piel. El viejo sabe que todas las flores piensan lo mismo sobre sí mismas.

Tras pagar lo que debía, se levanta de su asiento y agarra su mano. La tiene fría por el helado. Menta y chocolate. Caminan juntos hacia el final de la calle sin dejar de oler la rosa de papel. Empieza a pensar que los diez euros no han sido suficientes. Si vuelvo a ver a ese jovencito le daré lo que realmente vale esta flor, se convence Rénald.

La plaza de Montmartre está repleta de turistas. Alemanes, ingleses y españoles que pasean por las empedradas callejuelas de la plaza admirando el trabajo de las decenas de artistas que cada tarde enseñan al mundo sus secretos. Los colores de las acuarelas se secan al sol brillando bajo los últimos rayos del mismo. Los niños corretean alrededor de los caballetes bajo la atenta mirada de sus padres. Una niña tira a Rénald de los pantalones y señala la flor hecha con periódico. No sabe hablar así que se limita a estirar su pequeño dedo índice manchado de restos de chocolate y tirar de los pantalones del viejo. Ella se agacha y le tiende la flor a la niña quien, dando saltos de alegría, vuelve junto a las piernas de su padre.

Cuando llegan al puesto de la esquina, Rénald saca de su bolsillo derecho una pajarita hecha con una servilleta del restaurante La Bonne Excuse. Se acerca hasta ella, sentada justo al otro lado del lienzo, y posa la figura con cuidado sobre sus manos. Ella ya mira hacia el pintor con la sonrisa más natural de toda la plaza. Rénald disfruta viendo cómo su pelo negro, sus ojos azules y la marca bajo su oreja izquierda van quedando inmortalizados sobre aquel lienzo en blanco.

El pintor, un hombre delgado, con gafas y una barba que le llega hasta el pecho, mira a Rénald con cierta curiosidad en sus ojos. Todos los años, por la misma fecha, Rénald se acerca hasta él y le pide que dibuje a su mujer con aquella pajarita entre las manos. El viejo le aseguró hace meses que era la única manera de comprobar que por ella también pasaba el tiempo y que, al igual que ocurre con las flores que no son de periódico, se va marchitando.

– ¿Por qué querría alguien ver cómo la persona a la que ama se va marchitando? -le preguntó el pintor.

– Para recordarme que no es para siempre.

Aquella tarde el pintor termina el retrato con el último rayo de sol. Rénard, satisfecho y mirando el cuadro con la ilusión de un niño, vuelve a guardarse la pajarita de papel en el bolsillo y se pierde al final de la calle con ella de la mano.

El pintor recoge sus pinturas y pone el dinero recibido a buen recaudo. Sin duda, Rénard es su cliente más generoso. Con la mochila al hombro y sus lienzos bajo el brazo atraviesa la plaza hacia la silueta blanca del Sacre Coeur preguntándose si él, cuando se sienta el hombre más desdichado de París, también le pedirá a uno de los artistas de aquella plaza que pinte una pajarita hecha con la servilleta de un restaurante sobre una silla vacía.

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